Había estado ahí guardada por mucho tiempo. Mucho. El polvo de los años había escondido toda su brillantez. Ya no era lo que había sido. Pero por dentro; por dentro seguía intacta.
En los viejos tiempos todos conocían su historia. Y debido a la capacidad que concedía a quien la poseyera, era de los tesoros más preciados. Hoy era una cosa más. Una de decoración que ya ni eso hacía.
El martes 13 de este año, el chozno del último poseedor se topó de frente con este artículo tan sorprendente. En una visita a los artículos viejos de sus parientes, quedó obnubilado por esta lámpara sucia. Le tocó el corazón. Le atrapó la intención. Y la agarró y la limpió. Era hermosa. Ya era un tesoro. Ya era su tesoro. Desde que la vio, sin saber por qué, quedó hipnotizado dentro de ella.
Él no sabía sobre su historia. No sabía sobre la historia de sus antepasados con esta lámpara. No sabía; Pero en su sangre existía esa memoria. No lo sabía. Lo sentía.
El mismo martes 13 que la descubrió, antes de acostarse, la dejó arriba de su cómoda y se durmió emocionado por el descubrimiento.
Esa noche soñó su historia. La historia de sus consanguíneos. De cómo habían mantenido escondido, hasta el día de hoy, la capacidad que daba la lámpara de conocerse a uno mismo. De poder reconocer cada pedazo de historia de su vida y sus anteriores. De poder viajar por el tiempo y por el espacio conscientemente y arreglarse a sí mismo. De entenderse sin preguntar, de liberarse de las emociones que le pesaban y volver a vivir los recuerdos en los que había experimentado la emoción del amor. ¡Qué sensación! Ese sueño había sido tan real. ¡Tan real!
Al día siguiente, al despertarse, como si hubiese viajado durante años, se encontró limpio. Se encontró tranquilo. Se encontró. ¿Qué era esa sensación? ¿A qué se debía esa liviandad? ¿La tranquilidad que sentía se debía al sueño que tuvo esa noche? ¿Era verdad? ¿Había sido solo un sueño? No lo sabía. No lograba entenderlo. En el mundo de los por qué no había respuestas para ello. Miró hacia la lámpara y gritó de exaltación. Como si siguiera dentro del sueño, donde la realidad seguía otras leyes, la lámpara, como él, ya no era la misma. Había cambiado. El dorado y el brillo que la dominaban había desaparecido. Los rubíes y las hermosas piedras que la decoraban ya no estaban. La lámpara se había convertido en una jarra de cristal puro y transparente. Y para mayor excitación, se encontraba llena de agua. Como la sensación que sentía. Dudó entonces si el descubrimiento del día anterior había sido parte del sueño o no. Dudó, pero no le importó mucho. No le importó nada. Como el agua de la jarra de cristal, se dejó ser.
Fue la primera vez que dejó una pregunta sin responder. La primera y la última. La jarra de cristal llena de agua y su sensación eran más que una respuesta. Eran el mismo.
viernes, 31 de enero de 2014
María de los Mundos
María De Los Mundos vivía en su mundo. En su propio mundo, donde también vivían sus seres queridos y sus conocidos. María De Los Mundos también vivía en los mundos de los demás. Pero no los frecuentaba como el suyo, pues sabía que no se puede estar en dos lugares al mismo tiempo, y además prefería el suyo. No es que no le gustasen los mundos de los demás, sino que un día de su vida se dio cuenta que en el de ella era el único de todos los mundos donde podía actuar. Por eso, cuando era una niña, decidió vivir solo en el suyo. Un mundo tranquilo. Hecho a su medida. Con amigos buenos, con padres amigables, con un trabajo que le gustaba y unos sueños a cumplir que la empujaban a seguir adelante. A seguir creando su mundo.
Muchos años pasó María viviendo allí. Sus familiares a menudo venían hacia el de María para visitarla. Charlaban, tomaban mates, se reían. María preparaba su mundo para las visitas, lo limpiaba con gusto, ordenaba los platos, adornaba sus paisajes, abría las flores de las plantas y todo quedaba colorido para los visitantes.
A través de los años, y cada vez más, las personas que iban a visitarla a su mundo comenzaron a darle concejos para mejorarlo. Ese puente no debería estar ahí dijo su padre un día, tapa aquel árbol que representa a toda nuestra familia, no debe estar ahí. ¿Puedo llevar esto a otro lugar? Preguntó su madre luego de almorzar un domingo en una de sus visitas al mundo de María. Este mundo está patas para arriba, hay que mejorarlo, sollozaron los tíos al final de la mesa mientras hacían ademanes negativos con la cabeza.
Era normal escuchar a sus amigos, parientes y conocidos caracterizar cuan mal estaban las cosas en el perfecto mundo de María de los Mundos. Para ella siempre fue su cielo, su edén, su lugar. Siempre se preguntó de que hablaban cuando decían de mejorarlo. Pues para ella era perfecto, era suyo. Cada uno de los demás tenía su propio mundo ¿Por qué no construían el suyo? ¿Sería posible que el de ellos no fuera perfecto?
Un domingo a la mañana; día de su cumpleaños por cierto, María de los Mundos se despertó de una conclusión. Había entendido el porqué de los deseos de los demás de cambiar su mundo.
Ese día de su cumpleaños, cuando todos llegaron a saludarla y a festejar con ella, solo había una nota arriba de la mesa del jardín:
“He pensado mucho en las recomendaciones que me dieron para crear mi mundo y tienen razón, todas mis victorias personales están aquí, mi paz también está aquí. Pero todo eso ya no es mío. Vuelvo a construir mi nuevo mundo, hagan con éste lo que les guste. ¡Disfruten, hay comida en la heladera!”
Y una estrella más nació en el universo.
Muchos años pasó María viviendo allí. Sus familiares a menudo venían hacia el de María para visitarla. Charlaban, tomaban mates, se reían. María preparaba su mundo para las visitas, lo limpiaba con gusto, ordenaba los platos, adornaba sus paisajes, abría las flores de las plantas y todo quedaba colorido para los visitantes.
A través de los años, y cada vez más, las personas que iban a visitarla a su mundo comenzaron a darle concejos para mejorarlo. Ese puente no debería estar ahí dijo su padre un día, tapa aquel árbol que representa a toda nuestra familia, no debe estar ahí. ¿Puedo llevar esto a otro lugar? Preguntó su madre luego de almorzar un domingo en una de sus visitas al mundo de María. Este mundo está patas para arriba, hay que mejorarlo, sollozaron los tíos al final de la mesa mientras hacían ademanes negativos con la cabeza.
Era normal escuchar a sus amigos, parientes y conocidos caracterizar cuan mal estaban las cosas en el perfecto mundo de María de los Mundos. Para ella siempre fue su cielo, su edén, su lugar. Siempre se preguntó de que hablaban cuando decían de mejorarlo. Pues para ella era perfecto, era suyo. Cada uno de los demás tenía su propio mundo ¿Por qué no construían el suyo? ¿Sería posible que el de ellos no fuera perfecto?
Un domingo a la mañana; día de su cumpleaños por cierto, María de los Mundos se despertó de una conclusión. Había entendido el porqué de los deseos de los demás de cambiar su mundo.
Ese día de su cumpleaños, cuando todos llegaron a saludarla y a festejar con ella, solo había una nota arriba de la mesa del jardín:
“He pensado mucho en las recomendaciones que me dieron para crear mi mundo y tienen razón, todas mis victorias personales están aquí, mi paz también está aquí. Pero todo eso ya no es mío. Vuelvo a construir mi nuevo mundo, hagan con éste lo que les guste. ¡Disfruten, hay comida en la heladera!”
Y una estrella más nació en el universo.
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