"Mi primer mundo lo hallé todo en mi escaso pan."
Antonio Porchia
Cuenta la historia que determinado día del mes de mayo; El primero, aunque no estoy tan seguro, todos los adultos del mundo desaparecieron. No quedaron más que personas menores a los doce años en todo el planeta. Quién sabe por qué, los niños habían heredaron el total del mundo.
Ese día de mayo, en la casa de Litín, ningún padre apareció
en el cuarto para despertarlo. Cosa extraña para él, que todos los días, alguno
de ellos se acercaba para mecerlo del sueño, dándole un beso y diciéndole lo
que debía hacer. Ese día nadie apareció. Ni su padre, ni su madre. Litín
despertó descansado, había dormido lo suficiente. Lo que su cuerpo le reclamó
para estar óptimo. Se extrañó que nadie haya ido a despertarlo y empezó a
desenvolver las hipótesis del caso: Tal vez se les haya pasado la hora, o están
esperando para hacerme una sorpresa. ¡Sí! Eso debe ser. Una sorpresa, pensó
haciendo fiaca en la cama. Y salió corriendo hacia la cocina. Era el lugar
donde siempre desayunaban todos juntos. Y cuando llego con ansias de ser
sorprendido, se encontró con otro escenario. No había nadie ahí. La cocina
estaba vacía y sin vistas de algún desorden. Hasta los platos de la cena de
anoche estaban sucios en la pileta. ¡Mamá! ¡Papá! Gritó. Pero nadie respondió.
¿Qué estará pasando? Se preguntó. No se imaginó una tragedia, pues para un niño
de nueve años lo peor que podría haber pasado era que lo obliguen a ir a la
escuela los fines de semana. Por eso, Litín no estaba asustado. Más bien
extrañado. Qué situación rara tocaba atravesar.
El mundo se había quedado sin adultos. Cosa extraña para
Litín y para cualquiera creo yo. No había historia en los libros de que alguna
vez haya pasado tal cosa. Los niños no lo sabían aún, estaban a punto de
descubrirlo.
Litín abombado de preguntas sobre el paradero de sus padres
salió a la calle. En calzoncillos, por supuesto. Él era un niño, y había muchas
cosas que no le importaban, así que salió en calzones sin siquiera darse
cuenta. Allí afuera no vio movimiento alguno. Eran las 9:30 de la mañana. ¿Cómo
era posible que no haya movimiento en la calle? Siempre lo hay. Siempre se ven
pasar los trabajadores manejando a gran velocidad para llegar a tiempo a sus
trabajos. Siempre se ven los repartidores a la misma velocidad repartiendo sus
productos. Siempre se escuchan los ruidos del desesperante mundo del trabajo a
tiempo. Como dicen los grandes: El tiempo es dinero. Ilusión adulta si las hay.
Por todas estas faltantes en la vía pública, el niño comenzó a buscar una
respuesta. Y como el instinto del hombre es ir a buscar una respuesta al lugar más
cercano dentro de su conocimiento, fue a la casa del vecino. Graieb. Un niñito
de su edad, con el que jugaba en las tardes de felicidad.
Tocó la puerta de Graieb, pero nadie atendió el llamado.
Litín gritó para ver si alguien le contestaba. Pero nadie le contestó. Y por el
aumento de su desespero, decidió entrar a la casa del vecino.
Entró apurado, y reconoció que en esa casa tampoco había movimiento
alguno. Buscó por todos lados y no encontró a ningún adulto. ¿Dónde están todos?
¿Se habrá ido también Graieb? Se preguntó. Y fue hasta su cuarto. El vecinito
estaba ahí. No se había despertado aún. Seguramente también a él lo levantarían
sus padres, pero no había señales de ellos por ningún lado de la casa.
-¡Oye Graieb! ¡ Graieb! Nos han abandonado, levántate. ¡Oye
Graieb!
Graieb abrió los ojos llenos de legañas con exaltación. –Litín
¿Qué haces aquí? ¿Qué hora es?
-¡Graieb! Nos han abandonado.
- ¿Quiénes nos han abandonado? ¿Dónde están mis papas?
- Nuestros padres Graieb. Nuestros padres nos han
abandonado. No están por ningún lado. Esto es muy extraño. Mis padres nos están
en mi casa y tampoco los tuyos. ¡Levantate! Vamos a ver qué está pasando.
Los dos niños salieron a la calle a investigar lo que estaba
sucediendo. Nada se movía en la calle. No había gente manejando ni caminando
por la vereda.
-¿Qué es lo que estará pasando acá Litín?
- No se. Quiero a mi papá y a mi mamá. Quiero tomar la
leche. ¿Dónde estarán? Relinchaba sollozando.
-¿Crees que esto sea un juego y que tenemos que encontrarlos?
Como la piedra libre.
-Me parece que no. No hay movimiento en ningún lado. ¿Qué es
eso? ¡Allí hay alguien!
Caminando por las calles Litín vio a lo lejos que había un
grupo de chicos, todos sentados en la plaza del barrio, hablando. Y caminaron
en esa dirección. Un grupo de aproximadamente 30 chicos discutían una
situación.
-Hola. Dijo el niño que se encontraba llevando a cabo la
reunión. ¿A ustedes también les pasó lo mismo?
Litín respondió que creía que si. Que sus padres habían
desaparecido y que no sabían dónde estaban.
-Vengan con nosotros. A nosotros también nos pasó igual. Y no
solo nuestros padres, también han desaparecido nuestros hermanos más grandes.
No hay grandes por ningún lado. No sabemos qué pasó, y nos estamos organizando
para poder comer.
Los niños siguieron organizándose. No sin antes discutir cuales
creían cada uno que era la mejor opción. Había quienes lloraban de tristeza por
estar solos, otros que discutían para imponer la que creían que era la mejor.
-¡Basta! Dijo el niño que regulaba el grupo. No podemos
hacer esto sin antes organizarnos. Ya sabemos que nuestros padres no están.
Podemos llorar como siempre o intentar mejorar la situación. Creo que lo mejor
sería empezar a jugar. Somos niños y es lo que más nos gusta. Y además, ya no
hay adultos para que nos reten. ¡A jugar! Y
reunámonos aquí al medio día.
Con tales palabras los niños se pusieron contentos. Era
verdad que ya no habría grandes para que no los dejen hacer cosas. Así que
todos salieron corriendo a hacer lo que no les dejaban hacer. Algunos de ellos
se disfrazaron con cubetas en la cabeza y escobas, y salieron a cabalgar como
caballeros de la época medieval. Otros corrieron rápido hacia su casa para
comer los dulces y galletas que estaban prohibidas. O fueron directamente a la
cama de sus padres a saltar lo más alto posible y así divertirse.
Al mediodía todos volvieron a la plaza. Sucios, cansados de
tanto jugar y desprolijos, pero felices. Habían saciado sus ganas de jugar. Y cada
uno había buscado en donde podía, algo de comida para el mediodía. Las penas de
no encontrar a sus padres habían disminuido. Estaban tranquilos porque habían
podido hacer lo que les estaba prohibido. Jugar.
¿Quién quiere un poco de pan? Gritó uno. Yo, respondieron
por ahí. Yo tengo carne, avisó otro. Y así, todos compartieron un poco de sus
cosas. Había mucho para comer, y nadie se quedó con hambre. Estaban listos para
jugar de nuevo.
-Toca, tú la tienes. Dijo uno tocando el pecho de otro. Y todos
salieron corriendo haciendo bullicio para que no sean tocados con “La mancha”.
Toda la tarde pasaron corriendo por el lugar, tocando y esquivando
al manchado. Había escondites y grandes descampados para correr. Era el juego
perfecto. Todos los niños estaban ahí. Jugando, riendo hasta ya entrada la
noche.
Cuando se hizo muy tarde decidieron volver a sus casas a
dormir. Esto de que no estén los padres al final no era tan difícil. Se podía aprovechar
mejor el día, pensó Litín contento y dormitando.
-¡Litín! Se escuchó. Levántate que ya es hora de levantarse.
Era su madre. Había vuelto.
Ese día Litín no sintió tantas ganas de levantarse como los
demás días. Ese día supo que tal vez, esa rutina que era la verdadera para sus
padres, no era la única, que en el mundo también había otras opciones. Que la adultez es cada vez más robótica y cada vez menos
emocional. Y él, en ese momento, quería seguir durmiendo. Eso le dijo a su madre, sientiendo que ese día iba a ser el mejor día del mundo.